Tiempo

Me abrazó y rompió a llorar. Lagrimas de ese fuego que quemaba en su interior. Fuera de control.

Llora le dije. Llora todo lo que necesites. Nunca voy a pedirte el porque de tu llanto. Ni nadie debería nunca evitártelo u pedirte explicación, pues no la tiene. Lloramos por fuera, gotas que poco a poco, amainan ese incendio que nos quema por dentro.

Y pasaron horas que días parecieron. Fue la gota que colmo el vaso. Lo derramo todo sin piedad. Y se liberó. Porque así funciona la libertad. Te aclama y arrastra hasta lo más hondo de su riada emocional. Nunca va a ahogarte si no te resistes. Solamente suéltate y deja que fluya… Que la corriente se encargue del resto.

Finalmente se durmió. Rendida. Agotada. Más que una riada, aquello había parecido un Tsunami. Un ir y volver de caos y descontrol con la más grande de las fuerzas de su naturaleza. Y no me dio pena verla. Fuera de la escuela, aprendí que llorar es de valientes. Y ella se había metido en una puta trinxera aquella noche.

Arrope su espalda con mi parte de la manta. Coloque mi jersey debajo su cabeza. Su pelo mojado le daba una belleza extraordinaria a su rostro, que ahora se veía en paz. Descargado. Suyo. Me costo dejar de observarlo. Me ofrecía algo que llevo tiempo tratando de comprender. Sin lograrlo aun…

Me tumbe al fin en la hierba. Estaba mojada y fría. Demasiado fría para ser inicios de noviembre…
Pronto deje de sentirla fría. Quede inmerso en aquel cielo de millares de estrellas. Sin luna.
¡Por el amor de dios! Pensé… Tiempo.
¿Que valor tendría ese momento, si no existieras? Nada. Nada sin ese miedo a que ese reloj termine su arena. Cuanto menos queda, más valor damos a todo lo que nos rodea y yo, te quiero. Te quería de niño, cuando te derrochaba. Te quiero ahora también, cuando me faltas.

Cerré los ojos. Libre. Deje esa lagrima fluirse en mis parpados. Ahora me tocaba a mí. Le echaba de menos.
Y me solté. Sin coger aire. Sin miedo. Sin dudarlo. Hasta lo más profundo de mi libertad. Otra vez…